El error
¿Qué cuántas veces me han dicho las frases "el que no arriesga no gana" o "el NO ya lo tienes asegurado"? Si me hubieran dado un euro por cada vez que he tenido que oirlas, ahora mismo sería millonaria. Definitivamente no se pueden contar con los dedos de una mano. Supongo que vosotros también las habréis escuchado no una, ni cientos, sino miles de veces de boca de vuestros mejores amigos o incluso conocidos y sabréis de lo que estoy hablando. Pues nada, a mis 20 años aún no he sido capaz de llevarlas a cabo. ¿Por qué? Pues claro, el miedo al rechazo y al ridículo, esos dos grandes desconocidos y tan conocidos por todos a la vez. Desde el metro pensaba en lo fácil que sería todo si desde un principio tuvieras la certeza de éxito.
Os voy a contar una pequeña historia:
Érase una vez, una chica modesta, Raquel, la chica "NI", no estaba ni demasiado gorda ni demasiado delgada, medía 1,63; vamos, ni alta ni baja, ni dedicaba todo su tiempo al estudio ni todo a la fiesta, ni era guapa ni era fea... resumiendo, era una chica normal en todos los aspectos, que no resaltaba ni tenía nada fuera de lo común. Él, Eduardo, era un chico muy atractivo, con aire americano, grandes ojos azules, pelo rubio, unos brazos que quitaban el hipo, espaldas anchas a las que siempre te puedes agarrar, pectorales amplios...
Raquel siempre había tenido la autoestima muy baja, tal vez no se valorara lo suficiente o tal vez, lo hiciera en su justa medida, tal y como la vida y la realidad de cada día le habían demostrado. Un día, en un restaurante que ella frecuentaba muy a menudo, apareció Eduardo. Sí, destacaba de entre la multitud que ahí había, siempre lo había hecho y siempre lo haría. En cuanto puso sus ojos sobre el cuerpo y cara de Eduardo, Raquel soñó que sería suyo algún día. Raquel estaba encantada y una sonrisa se iluminaba en su cara cada vez que Eduardo atravesaba la puerta del restaurante, iba a ser un buen día. Eduardo entraba, comía, se tomaba un café cada día con sus amigos y se iba por donde había venido, jamás prestaba la más mínima atención a Raquel, que disimuladamente le contemplaba desde la lejanía, demasiado tímida como para hablar con él, conocerle y lo que surgiera, y por supuesto con demasiado miedo al rechazo. Y es que ella tenía claro que él era demasiado bueno para ella, él era increíble, cabezas se giraban a su paso; por el contrario, ella sólo recibía miradas cuando extrañ@s se cruzaban en su camino. La obsesión tomo un ligero cariz enfermizo, pues Raquel descubrió que Eduardo frecuentaba unos recreativos todos los viernes en torno a las 20:30 de la noche y lo añadió a su rutina diaria. Con sólo verle, ella era feliz, era lo que todos llamamos "amor platónico". Eduardo ni se percataba de su existencia y por un momento ella penso en acercarse y entablar conversación, pero desechó la idea nada más aparecer por su mente.
Al pasar un año se separaron. Eduardo siguió con su vida, tuvo bastantes novias, se graduó, empezó a trabajar, se enamoró de la que sería la mujer de su vida y fue feliz, tan feliz como cualquiera puede desear serlo. Raquel se graduó, se centró en los estudios, no se volvió a encandilar por otra persona, seguía viviendo atormentada por los fantasmas del recuerdo de la imagen de Eduardo. Encontró trabajo y se centró en él al 100% poniendo todo su corazón en lo que hacía. Y por supuesto, no era feliz. Tenía amigos, tenía incluso algún que otro pretendiente, pero nada llenaba su vacío corazón. Un día de lluvía en la soledad de su hogar, sentada al lado de la chimenea, pensando en los tiempos pasados, tomó una determinación. Nunca una caída había sido menos dolorosa y sólo ahí en el suelo, supo que se había equivocado.